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Volver al océano: la rueda del zodíaco como viaje del alma

  • Foto del escritor: Patricia Montalbán
    Patricia Montalbán
  • 15 jul 2025
  • 3 Min. de lectura

Hay algo que nos atraviesa a todas las personas, aunque a veces no sepamos ponerle nombre. Un anhelo sutil. Una nostalgia que aparece en los momentos de quietud, en los instantes de belleza o en ese deseo profundo de rendirnos por completo en los brazos de alguien. Es el recuerdo del origen. Y la astrología, cuando se contempla más allá de las predicciones horoscópicas o los perfiles psicológicos, también nos habla de eso: del deseo del alma por recordar su naturaleza.


Venimos del todo, de ese océano de unidad sin forma que el lenguaje astrológico llama Piscis. Un estado primordial en el que no hay separación, ni identidad, ni juicio. Solo presencia y fusión con la totalidad. Sin embargo, por razones que siguen siendo un misterio, la vida nos pide encarnar y, al hacerlo, atravesamos el portal de Aries: el nacimiento, el yo, la chispa que prende para vivir la experiencia de ser alguien. Es el impulso de individuación.


Ahora bien, la individuación convive con ese anhelo profundo e inconsciente de volver allí donde estuvimos, de volver a Ser. Porque individuarnos —separarnos, definirnos, convertirnos en "alguien"— duele. Implica perder la totalidad, dejar atrás la fusión con lo infinito y experimentar el vacío existencial. Y ese dolor, aunque no siempre seamos conscientes, nos empuja a buscar el camino de regreso. Por eso el alma recorre la rueda zodiacal: para recordar, paso a paso, lo que olvidó al encarnar. Para sanar la herida de haber perdido ese estado de unidad original y, finalmente, regresar a Piscis. Al origen. A casa. Y, así, la conciencia va ampliándose en cada signo, aprendiendo a ser (Aries), a tener (Tauro), a pensar (Géminis), a sentir (Cáncer)… hasta que, signo a signo, se adentra en la dimensión transpersonal. Sin darnos cuenta, la vida nos va entrenando para soltar lo que creíamos que éramos y, al hacerlo, volver de nuevo al todo. Es un ciclo que empieza y termina en el mismo lugar, porque la vida —como el tiempo— no se despliega en línea recta, sino en espiral.


Así pues, la experiencia de individuarnos es simultánea a la sensación de haber perdido algo esencial y, ante el dolor que esto provoca, buscamos sin cesar recuperarlo. A través de los vínculos, de la fusión con otro cuerpo, del consuelo de una presencia que nos abrace sin condición. Lo buscamos en la madre, en la pareja, en el sexo, en los estados alterados. En cualquier lugar donde creamos intuir, aunque sea por un instante, la promesa de lo eterno.


Pero siempre hay algo que se interpone: el yo, el ego, la estructura que nos mantiene en pie. Lo que nos da sentido de identidad y también lo que nos limita. Volver al todo requiere disolvernos, y eso da miedo. Se parece a morir, a perder el control, a dejar de ser. Pero también a rendirnos, a confiar. A entregarnos con compasión al otro, a la vida y al amor, aunque duela. Esa entrega es profundamente pisciana.


Cada experiencia que nos desborda es un ensayo para llegar a Piscis. Desvanecernos sin morir, fundirnos sin desaparecer, entregarnos sin perdernos. Cada vínculo, cada conflicto, cada gesto de compasión es un recordatorio. Una pequeña iniciación para que, cuando llegue el momento de volver al océano, sepamos cómo dejarnos ir.


Este viaje, aunque nos confronte, no es más que un retorno. Y en el regreso nos espera el amor.


Texto publicado por Patricia Montalbán bajo licencia de CC BY-NC-ND 4.0

Imagen: Obtenida en Pinterest - Autoría desconocida para mí

 
 
 

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Image by The New York Public Library

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